La temporada de verano en Mar del Plata históricamente ha funcionado como el termómetro exacto del humor social y la salud económica de la Argentina. Si los teatros se llenan, hay respiro; si las marquesinas se apagan, el invierno será largo. Sin embargo, a meses de inaugurar la temporada 2027, el panorama no solo es desolador, sino que se ha convertido en el escenario de una trifulca mediática que roza el absurdo. Carlos Rottemberg y Marcelo González, dos de los pesos pesados del negocio teatral, han decidido ventilar sus frustraciones, dejándole claro al público que el problema no es solo económico: es, ante todo, un colapso de ideas. Por un lado, Carlos Rottemberg, histórico zar de las salas marplatenses, abrió el paraguas con antelación: baraja la posibilidad de no abrir todos sus teatros porque "viene lento". Su diagnóstico para explicar por qué solo tiene dos obras confirmadas para seis salas es digno de un sociólogo de la década del noventa: la culpa es de la televisión abierta, que ya no produce ficciones y, por ende, no le entrega actores populares "llave en mano". La confesión es brutal. En lugar de asumir la absoluta falta de creatividad de un sector empresarial que no sabe leer al nuevo público ni las dinámicas modernas del entretenimiento, Rottemberg exhibe un modelo de negocios arcaico, perezoso y exclusivamente extractivista. Su estrategia parece reducirse a abrir la puerta en enero, esperar que el espectador pague precios exorbitantes por ver a las mismas figuras de siempre, y contar los billetes. Cuando esa fórmula mágica y facilista se agota, el empresario amenaza con bajar la persiana, demostrando que su compromiso con la plaza teatral dura lo que dura la rentabilidad fácil. Pero Rottemberg no está solo en este vodevil. Para contrastar, irrumpió en escena Marcelo González, responsable del Teatro Tronador. En un alarde de superioridad moral, González cuestionó la "hipocresía" de tener las salas cerradas 300 días al año y exigió que el municipio obligue a los teatros a permanecer abiertos al menos seis meses. El planteo sería noble si no fuera una fantasía mesiánica. Es sumamente fácil jugar al filántropo de la cultura y proponer que el resto de los empresarios abran sus salas a pérdida, especialmente cuando el "músculo económico" del que González se jacta cuenta con el cómodo y robusto respaldo de fondos públicos a través del Banco Nación (BNA). Exigir sacrificios heroicos con la billetera subsidiada es, cuanto menos, una ironía que se cuenta sola. Ambos empresarios son las dos caras del colapso: la tacañería sin ideas frente al mesianismo financiado por el Estado. Sin embargo, culpar solo a estos dos paracaidistas del entretenimiento sería ignorar el elefante en la sala. Mar del Plata es, hoy por hoy, la principal víctima de la "destrucción creativa" pregonada por el gobierno de Javier Milei. La realidad que ni Rottemberg ni González quieren analizar en profundidad es que el público no va al teatro porque, sencillamente, está ocupado intentando sobrevivir. El atraso cambiario ha liquidado la competitividad del turismo interno, haciendo que veranear en la costa atlántica sea un delirio frente a destinos internacionales. A esto se le suma una brutal desindustrialización que ha dejado al marplatense promedio con los bolsillos vacíos, empobrecido y fuera de cualquier circuito de consumo recreativo. Y mientras la tormenta macroeconómica ahoga a los ciudadanos, el gobierno municipal mira hacia otro lado, o más bien, hacia donde están los negocios de unos pocos. La inacción de las autoridades locales ante la crisis cultural y laboral es directamente proporcional a su celeridad para aprobar excepciones inmobiliarias. En lugar de proteger la matriz productiva de la ciudad, la gestión se entretiene autorizando la construcción de shoppings y rascacielos residenciales en la mismísima puerta del puerto. Una decisión que no solo bloquea cualquier perspectiva de desarrollo industrial serio, sino que confirma que el Estado municipal funciona como una gestoría para los negocios de tres o cuatro vivos. Mar del Plata asiste así a su propio desguace, atrapada entre un gobierno nacional que la licúa económicamente, una administración local enfocada en el ladrillo vip y la especulación, y un grupo de empresarios teatrales que lloran miseria mientras exigen que el público se adapte a su mediocridad. La verdadera tragedia de esta temporada no estará arriba del escenario, sino en las calles de una ciudad a la que están dejando sin libreto.